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Una duda llena de luminosidad



Los goces inefables de la vida suelen ser eternos, como el recuerdo del perfume de una rosa, para poder olvidar que se marchita. Vivía entre todos los elementos del Universo: con los átomos, las moléculas, los iones y los corpúsculos en su incesante movimiento con la hermandad de los espacios en todo su esplendor, porque estuviera donde estuviera, pasara por donde pasara y viera por donde viera, recibía el mismo mensaje o la misma sensación de alegría y me sentía fortalecido. Era el huésped más distinguido y dichoso de los mundos y como tal, esperaba la hora de la partida como una nueva conquista.


En el hogar, todo es un despertar envolvente, tibio y acogedor. Pero llega la noche con abuelito, porque durante todo el día estuvo ausente. Traía pan y chocolate. Mi papito llegó después de haber asegurado a los animales. Somos, más tarde, invitados a saborear el chocolate que abuelita ya prepara con especial empeño. Por su rico sabor no da lugar para platicar, era necesario guardar silencio para saborearlo. Al terminar de tomar tan suculento manjar, se platica sobre cosas informales, generalmente sobre las labores del día; en eso, se escucha un silbido poco familiar; guardamos silencio ..., se vuelve a escuchar y el perrito de la casa con sus ladridos nos indica que la persona que lo hace, está cerca; abuelito sale y nos quedamos esperando, a su regreso nos indica que esos silbidos estaban dirigidos a otra persona. Nos fuimos a dormir. ¿Será verdad?


Libro: La Escuela en Espíritu

Autor: Epifanio Estrada Cruz


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